La primera vez que lo vio, el mar ya no era mar.
Marcus estaba en el balcón del séptimo piso cuando las olas comenzaron a moverse hacia atrás. No fue gradual. Fue como si alguien hubiera tirado del océano hacia las profundidades con cadenas invisibles. El agua se retiró tanto que la arena quedó expuesta, mojada y brillante bajo los relámpagos que rasgaban el cielo. Luego escuchó el sonido: un gruñido que atravesó los edificios, que vibró en sus costillas. Lo que emergió del agua no tenía nombre en ningún idioma que él conociera. Tentáculos colosales, cubiertos de musgo y óxido, sostenían cuerpos antiguos —¿cabezas? ¿monstruos?— que miraban hacia la ciudad con ojos que brillaban como volcanes dormidos. El helicóptero de rescate lo vio también. Se detuvo en el aire, suspendido entre la lógica y la pesadilla.
Marcus no corrió. No gritó. Solo bajó lentamente las escaleras, pasó entre sus vecinos que filmaban con sus teléfonos, y caminó hacia la playa. Cuando llegó al agua, ya sabía. No era la primera vez que esto sucedía. Sus recuerdos parpadeaban como viejas películas: otras ciudades, otros mares, el mismo patrón. Y ahora recordaba por qué siempre escapaba. Por qué nunca lo atrapaban.
Porque él no era humano. Nunca lo había sido.
¿Cuántas vidas ha vivido ya sin recordar que regresa cada cincuenta años?
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